domingo, 22 de agosto de 2010

Capitulo 6




El chico entró cuando Ramírez y su estómago estaban comenzando a impacientarse. Dejó el café en el centro de la mesa y las medialunas en el borde, con cuidad para no mancharle al detective sus papeles. Le echó una hojeada a la foto que emergía a un costado de la taza y dijo:

--La de la tele…

Ramírez lo miró con curiosidad.

-- ¿Perdón?

--Que es la mujer del noticiero, la que salió en la tele… -- el chico buscó las monedas del vuelto y se lo extendió a Ramírez, que lo rechazó con un gesto como todos los días. – La mujer que apareció en La Boca. Es la mina de…no, espere, no sé si era la de…--dudó – No importa, ya me acordaré.

Ramírez lo vio alejarse. Tuvo el impulso de tomarlo del brazo para detenerlo y preguntarle, pedirle que recuerde, pero no lo hizo. Mucha gente cree reconocer a alguien en una foto, pero no era algo seguro. La gente nunca estaba segura de nada. Cerró la puerta y trató de reflexionar sobre el caso, pensando cualquier idea, por muy disparatada que fuera. Buscaba algo “tangible”, como diría su Jefe, al que tendría que ir a ver en cuanto llegara.

Repasó lo que sabía del caso: nada respecto a la víctima, en primer lugar. No había revisado aún el historial de desapariciones o fugas de domicilio de los últimos días; pero un padre, una madre, alguien se derrumbaría en cuanto él pudiera averiguar la identidad del cuerpo que guardaba Jorge en la morgue. Siempre era igual, nunca cambiaba. Veía repetidamente la imagen, él golpeando la puerta de una casa, una mujer, un hombre abriendo, la frase que comenzaba a salir mecánicamente de su boca: “Sr., Sra., soy el detective Ramírez de la Policía Federal, vengo a decirle que…” y la mujer (casi siempre era una mujer) cayendo al piso de rodillas, el marido trataría de sostenerla tanto a ella como a su propia mirada quebrada…siempre era igual. Sintió un dolor en el estómago y se revolvió inquieto en la silla.

Cerró los ojos y cabeceó por el sueño. Justo cuando ya rendido dejaba caer el mentón sobre su pecho se despertó, en el instante en que volvía a su mente esa imagen, la imagen de esa calle, el cuerpo en el asfalto. Eran las 8.22. Se restregó los ojos.

Hizo un pequeño diagrama en su cuaderno, revisando la declaración de la prostituta, su recorrido paso por paso. Hasta donde recordaba, Brandsen no era una calle de trabajo para las chicas, ni siquiera para los chicos que deseaban ser chicas. Revisó los papeles. No había nada raro. No daba siquiera el perfil. Leyó una vez más el informe que el Chino había redactado; era un preliminar de la autopsia, sobre el balazo, con detalles muy técnicos. Todavía faltaba lo de Toxicología, que (casi) siempre terminaba de ser lo más importante. En esta época todos tomaban alguna droga, los asesinados y los asesinos. Pero también la gente común y corriente las tomaba, sea para el corazón, la cabeza o lo que sea. El Chino le comentó una vez que el 95% de los análisis que se hacían en el país mostraban rastro de algún medicamento. Ramírez pensaba que el Chino sabía mucho de su trabajo, y lo respetaba por eso. Respeto que, por supuesto, no profesaba por ningún tipo de extranjeros o hijo de extranjeros, sin respetar su color de piel, religión, o que sea. En su vocabulario neofascista, el Chino era “la excepción que justifica la regla”. Odiaba los casos donde aparecía mezclado el tema de los inmigrantes; le hacían perder objetividad. Sencillamente no los soportaba; a los peruanos, sobre todo, les tenía un asco que más de una vez le costó un reto del Jefe e incluso la amenaza de una sanción de Asuntos Internos por “exceso de violencia”. Ramírez no recordaba bien el tema, pero sus compañeros lo recordaban bien, totalmente sacado, pegándole al descendiente de Atahualpa esposado en el piso, arrestado simplemente por vagancia y merodeo en la época de los edictos. Sus compañeros juran que cuando le pegaba repetía frases como “peruano de mierda, te vas a volver a tu país en una bolsa de plástico”, o “uds. son todos iguales, hay que matarles a los hijos para que no se sigan reproduciendo”, pero él (convenientemente) no las recordaba.

Sí recordaba con placer la época de los edictos, cuando se podía detener a cualquier merodeador de bancos de la city que esperaban atentos a “marcar” una víctima o para realizar una salidera. Ahora ya no, ya no era posible, sólo podían intervenir después que un hijo de puta baleara a una embarazada, como en el caso de esa pobre chica. ¿Cuál era el apellido…? Píparo, recordó. Pobre chica, pensaba, quién mierda le va a devolver la vida de su hijo. Puteó por un pasado que se escurría irremediablemente en su memoria y por un presente que lo sofocaba, lo aturdía, y lo envolvía en la locura de una sociedad enferma que creaba nuevos criminales, cada vez más salvajes, cada vez más sangrientos, cada vez más contaminados por esa mierda del paco, la cocaína, y tanta mierda suelta. Puteó, porque muchos compañeros suyos pensaban como él, pero tenían las manos atadas. “Ya nadie nos pregunta nada”, pensó. “Todo lo deciden los políticos, los mismos hijos de puta que convirtieron a este país en….¿en qué?”. Trató de calmarse. Respiró hondo y se acomodó en la silla y miró el reloj.



El Jefe ya debería de estar por venir.

martes, 17 de agosto de 2010

Capitulo 5




El Departamento de Policía se erguía imponente sobre la avenida Belgrano. Ramírez nunca utilizaba la puerta principal, sino que se le antojaba entrar por la lateral de Sáenz Peña. Puso la tarjeta en el marcador y saludó a los policías que estaban esperando que alguien de Administración se dignara a llegar. Era temprano y sabía que nadie llegaría antes de las 9.30 o 10, como mucho. Se frotó los ojos para despertarse. Como no lo logró fue directo al baño de planta baja, sin subir todavía al ascensor. Saludó a los dos policías de la guardia de la noche que se estaban yendo con una inclinación de cabeza. Los escuchó irse. Uno le enrostraba al otro una supuesta incapacidad de Luchetti para defender el arco de Boca.
Abrió la canilla de agua caliente, que salió como siempre, fría. Puteó en silencio cuando sintió el impacto al poner las manos bajo el chorro. Las sacó enseguida y se mojó rápidamente la cara con una talla de papel. Estaba saliendo y escuchó el “chist” detrás
suyo.

--- Buen día, Ramírez…!

Se dio vuelta. El gordo Mourinho de Contabilidad lucía sus 32 dientes en una sonrisa tan ancha como su cintura.

-- Cómo andás, Gordo… -- bostezó sin llevarse la mano a la boca.
-- Que cara, viejo… ¿En qué andás? ¿Te atropelló un trolebús y viniste para no perder el presentismo…? ¡¡Ja, ja, ja!! – se rió con ganas. Ramírez lo imitó. El Gordo sabía como alegrarle un día de mierda como éste en general, todos sus días y sus noches eran una mierda. Pero era su propia mierda.
-- Che, Gordo, decime…--paró de reírse mientras el Gordo se secaba la cara y recuperaba el aliento apoyado sobre el lavamanos. – Desde ayer estoy con el tema de una NN que apareció en La Boca. Bien vestida, arreglada… no parece de la calle. ¿Lo viste hoy a Medina?
-- No, no lo vi… Pero es temprano, no va a caer antes de las 10. – El Gordo comenzó a caminar con él hacia el ascensor. Llevaba una carpeta de tres solapas a la que le habían caído unas gotas de agua. --¿Qué le digo si lo veo…?

-- Decile que – caviló --…decile que voy a estar con el Jefe. Tenemos que sacar sí o sí este tema.
-- Pero los de Huellas no vinieron, estoy seguro…Recién pasé y estaba todo apagado…

Ramírez puteó para sus adentros.

-- Ok… pero avisale si lo ves que es urgente.

-- Ok, dale. “Afirmativo, oficial!”

-- “Cambio y fuera…” – Ramírez le dio un beso en la mejilla al Gordo y salió del ascensor. Caminó rápido hacia la oficina. El estómago le hizo un ruido familiar y recordó que no había desayunado antes de salir, así que apenas se sentó llamó a La Reggiana para que le traigan un café con leche doble con unas medialunas.

lunes, 2 de agosto de 2010

Capitulo 4


















Ramírez hizo un par de averiguaciones de rutina antes de rendirse a la verdad: necesitaba que la gente de Criminalística identifique el cadáver. No tenía pertenencias personales; no había una cartera, una cédula, una huella. Nada por donde empezar. Sólo un vestido de marca que parecía fuera de lugar, igual que el cuerpo de la chica. Tampoco había marcas de neumáticos sobre el asfalto; la vereda mostraba el paso de docenas de zapatos y zapatillas a lo largo del dia, así que tampoco se podría sacar nada que sirviera a la investigación. Y lo mas extraño era que no había rasgos de resistencia por parte de la victima; ni en las uñas, ni en los brazos, ni… “La drogaron, nadie resistiría semejante golpiza sin reaccionar…”, pensó. Recorrió la escena nuevamente, tratando de imaginar los pasos de la mujer. Escuchó el ruido de la ambulancia estacionando y cuando los camilleros bajaron les hizo un gesto para que se detuvieran.

Se puso un nuevo par de guantes y se agachó sobre el cuerpo. Movió la cabeza de la mujer hacia la derecha; sobre el parietal derecho quedó al descubierto un agujero de unos dos centímetros de diámetro, de donde surgía un pequeño hilo de sangre coagulada.

Un balazo le había destrozado limpiamente el cerebro.

Algo andaba mal. Pero no sabía qué. Calculó las horas que habían pasado entre su muerte y el momento en que la prostituta la había encontrado. Algo no le cerraba. Se levantó, no sin antes volver a dejarla en la posición que estaba. Se dio vuelta para hacerle el gesto a los camilleros. O había terminado de alzar su brazo cuando se dio cuenta. Se detuvo.

Los camilleros lo miraron con expresión extraña e indecisa.

La hinchazón. Claro, era mayor del lado derecho de la cara que del lado izquierdo. “Acumulación de líquido, o el bombeo de la sangre por la posición en que la dejaron”, pensó. “Seguramente le pegaron más de este lado…”. Los camilleros ya estaban al lado suyo, esperando impacientes.

Separó con cuidado la mandíbula, lo cual fue muy fácil ya que estaba fracturada. La luz no era muy buena pero Ramirez se dio cuenta de que había un objeto en su boca. Con cuidado, utilizó sus dedos pulgar e índice como si fueran una pinza y extrajo una masa sanguiolenta. Un hilo de sangre escapó de la comisura de los labios. Ramírez se levantó y dio un paso atrás, instintivamente, igual que los camilleros. El objeto cayó al piso con un ruido seco.

Era su lengua, o al menos la mayor parte de ella.

“—Qué asco… --dijo entre dientes. Un oficial se acercó rápidamente e introdujo el órgano dentro de una bolsa sellada. Ramírez lo vio etiquetarla con letra nerviosa y cuando su mirada se cruzó con la de él vio una mezcla de repugnancia y miedo.

Los camilleros comenzaron a cargar a la mujer en la camilla a pesar e sus protestas; que “tenemos que llevarla ahora”, que “tiene que hablar con el forense”, que… La misma mierda de siempre: tendría que esperar el resultado de la autopsia. Creyó ver que la ropa estaba intacta, por lo que tal vez no había sido violada. Pero de todas formas el sello era innegable; la golpiza, el tiro en la cabeza, la lengua. Todo encajaba, pero, ¿en qué? ¿Quién era? ¿Cómo había terminado así?

Sintió el repentino impulso de llamar a su jefe, pero se contuvo. Lo dejaría dormir un poco más, por lo menos hasta las diez, cuando tuviera algo concreto de Laboratorio. Escuchó la sirena de la ambulancia que avanzaba despacio ente los patrulleros y al doblar en Brandsen aceleró, dirigiéndose a la autopista. Ramírez encendió el primer cigarrillo del día. Sintió que iba a ser el primero de muchos.

No se equivocaba.

Era mejor ir al Departamento a despejarse y tratar de razonar todo lo que había visto. Su jefe le pediría un informe cuando llegue, seguramente.

Ya habría tiempo de dormir.

miércoles, 21 de julio de 2010

Capitulo 3

No tenía cartera ni pertenencias personales. No había huellas que pudieran sacar, porque el asesino (¿o los asesinos? Es probable que hayan sido más de uno) se había cuidado lo suficiente de dejar al menos una. Si bien se investigaría, no guardaba demasiadas esperanzas. Ramírez pensó que ya era hora de volver a casa y tratar de descansar un poco.




Micaela maulló al verlo entrar. Estaba hambrienta; se arremolinó junto a sus patas y casi lo hace tropezar. Ramírez puteó al animal, que pareció mirarlo desafiante. En ese momento recordó que había salido tan a las apuradas que no le había dejado la comida; se apresuró a sacar una lata de la heladera, la abrió y sirvió el contenido completo en el plato hondo de color rojo. Era una ironía que la gata tuviera el nombre de su ex mujer; al menos el animal mostraba algo de interés en él. Aulló una vez más y luego se sumergió en el plato de comida. Ramírez fue al dormitorio y buscó en el primer cajón de la cómoda un calzoncillo y medias. No iba a cambiarse ni la camisa blanca ni la corbata amarilla; se las había puesto recién hoy, antes de salir a las apuradas. Le pareció que pasadas algunas horas todavía estaban “presentables”, ya que no tenía aún manchas de sangre (al menos la mitad de sus camisas aún conservaba la aureola de alguna mancha anterior). Y para él eso era suficiente. Se desvistió y se metió en la ducha. El calefón estaba alto, así que bajó la temperatura del agua abriendo un poco la fría. El golpe del agua contra su rostro terminó por despertarlo. Estuvo unos minutos inmóvil en la ducha. La cervical le lanzó una patada irritante a través de la espalda y se tomó la cintura con expresión molesta. Se estaba acostumbrando al dolor. Se inclinó como pudo fuera de la bañera para recoger el comprimido que había dejado sobre la ropa; lo tragó con un poco de agua de la lluvia, terminó de enjabonarse enseguida y pocos minutos después ya estaba fuera del baño. Descubrió que la camisa no estaba tan limpia como creía, pero la mancha se ocultaría bajo el pantalón. Se visitó. Al salir cerró de un golpe. El cuerpo ya le estaba pasando factura por el cansancio acumulado de las últimas semanas.





El auto arrancó sorprendentemente bien pese al frío del garage y avanzó por Pasteur. El bache que se tragaba todos los santos días terminó de despertarlo. Prendió la radio. Magdalena hablaba una vez más de la inseguridad con Aníbal Fernández, que le retrucaba como siempre el número “estadísticamente real” de hechos delictivos y cómo había bajado el índice de criminalidad desde 2009. Después hizo un chiste sobre la incidencia de las tapas de Clarín en el imaginario colectivo que al parecer no le hizo mucha gracia a la señora. Ramírez decidió que era suficiente y apretó el botón Play para que se empezara a reproducir el CD que estaba inserto en la lectora. Luca comenzó a atronar el aire con aquello de “veo a vos, veo a vos…Malvinas argentinas, argentinas, argentinas…”. Manejó automáticamente, apenas prestando atención a los semáforos y a los pocos coches que circulaban en la mañana helada. Recordó que en la guantera del coche tenía una pila de multas por estacionamiento y semáforos que tenía que alcanzar a Gladys, la secretaria del Jefe, para que se encargue de anularlas con los de Tránsito. Se las daría en la tarde.





Se detuvo sobre Montes de Oca y bajó del auto. Sobre el asfalto le parecido ver un cuerpo pequeño, ensangrentado. Sacudió la cabeza y la visión desapareció. Solo estaba el asfalto.





Avanzó con pasos rápidos hacia la cinta policial. Se agachó con esfuerzo; otra vez la cervical, otra vez el puntazo, ahora más cerca de la cintura. “Sí”, pensó, “ya me voy a operar. Cuando me jubile. O cuando…”. Interrumpió su pensamiento un grupo de turistas que, entre curiosos y excitados, con sus cámaras sofisticadas aprovechaban para sacar fotos de la escena. ¿Qué hacían a esa hora de la mañana? La que parecía ser la guía turística trataba de contenerlos, explicándoles en todos los idiomas que debían alejarse de allí, sin mayor éxito. Se plantó entonces frente a un gordo que llevaba una camisa hawaiana y bermudas. La cámara era una Nikkon con lente digital. Ramírez calculó rápidamente que valdría cerca de dos mil dólares. Mientras el yanqui le sonreía como un estúpido, lo miró fijamente. De un tirón le arrancó la cámara, sacó el rollo y la estrelló contra el piso. El hombre retrocedió asustado y chocó a una pareja de japoneses, que también retrocedieron espantados. Se dio vuelta mientras la guía se acercaba a increparlo, pero la detuvo con un solo gesto mientras le hacía señas a un oficial que se acercó presuroso a sacar a esa gente de allí. Pasó bajo la cinta mientras sonreía, pensando que el día no sería tan malo después de todo. Todavía estaba a tiempo de divertirse.


jueves, 8 de julio de 2010

Capitulo 2





El Jefe ubicó a Ramírez hablando con un suboficial, a quien le indicaba hasta donde extender la cinta mientras también le daba instrucciones al fotógrafo, que ante cada orden disparaba el flash. De golpe, el fotógrafo apuntó hacia una pared cercana y el flash lo encegueció un instante. Parpadeó mientras la mancha que nublaba la vista desaparecía de su horizonte y le hizo un gesto. Ramírez se acercó.




- No vamos a tener nada hasta el mediodía. – Ramírez asintió. – Vamos a tener que revisar las desaparecidas en las últimas semanas, o directamente de los últimos meses, los archivos… - encendió un cigarrillo. El humo escapó por un costado; tosió y esperó la reprimenda de Ramírez, que no llegó. – El Chino tiene para un rato todavía. No tenemos huellas todavía, pero falta peinar bastante. Le voy a pedir que se apure… ¿Qué querés hacer?




Ramírez examinó las ojeras del rostro curtido que a duras penas se paraba enfrente suyo. La mejilla derecha estaba cruzada por una cicatriz, por aquél navajazo en el “mano a mano” en ese tren a Morón. Ramírez recordaba bien ese día; los hinchas tratando de copar el vagón, su propia e inaudible voz de alto, la rapidez con que se le abalanzó el que parecía el jefe de la hinchada, y su parálisis de miedo hasta el instante en que un brazo lo arrastraba abajo, hacia la capa de suciedad que cubría el piso del coche mientras que donde había estado su cabeza un instante antes un metal brilloso y afilado cortaba el aire enfundado en una mano gorda, enguantada en cuero. Y casi al mismo instante que el metal llegó a su destino estalló el primer disparo, y comenzaron los gritos. El Jefe había matado al de la navaja aún con la vista salpicada de su propia sangre y también al que se acercaba por los asientos laterales, mientras la gente aullaba de miedo enel piso. Con la estampida de hinchas pugnando por escapar del vagón se incorporó justo para ver a Gendarmería repartir palazos a mansalva, sin distinguir entre hinchas y pasajeros. Los titulares de los diarios (“Policía mata a quemarropa a dos hinchas de All Boys”; “Oficial ejecutó a dos barras en tren”) hicieron el resto. Su Jefe jamás sería ascendido a algo más que subcomisario. Ramírez se sentí en deuda con él, por siempre, desde ese día.




- Andá a descansar un rato. Te ves mal. Bueno, nunca te viste muy bien que digamos… - Ramírez rió. – Pero cuidate. Yo reviso un poco más a ver si aparece algo. Te aviso, dale. Andate de una vez.
- Ok. Cualquier cosa que surja avisame enseguida. Tipo 8 podría estar de vuelta…
- ¡Andate de una vez, che! ¡Es una orden!
- Ok…nos vemos.
- Nos vemos.




Después de asegurarse que Ramírez se había ido, enfiló hacia el patrullero con pasos rápidos. Hizo un par de averiguaciones de rutina, revisó la declaración de la prostituta y se dio cuenta de que, definitivamente, necesitaría los análisis de Criminalística. Se rindió; pidió a uno de los patrulleros que lo alcance a su casa en Belgrano. Se recostó en el asiento trasero y se durmió enseguida. La sirena aulló, rompiendo la tranquilidad de la noche, aunque durante el viaje él no se dio cuenta. Recién se despertó, somnoliento, cuando el oficial le sacudió el brazo para avisarle que ya habían llegado.


Ramírez se fue pensando en el caso. Como siempre, sus pensamientos se limitaban a su trabajo. En realidad trataba de no pensar, pero si lo hacía trataba que sea específicamente sobre su trabajo. Sentía que no tenía vida, pero no le importaba; para él, desde aquel día, todo se había resumido a una serie de tareas para pasar la vida hasta que llegara el día en que todo terminase. Trataba de disimular frente a su jefe, frente a sus (dos únicos, creía) amigos, frente a sus vecinos, frente al chino al que le compraba a veces cuando venía de trabajar. Había adquirido un gesto mecanizado. Como en todos los casos anteriores, se limitaría a descansar un poco (lo mínimo, apenas lo suficiente) para recobrar fuerzas y ocuparse del caso hasta resolverlo. Era tenaz, pero sobre todo era testarudo. Ese era su fuerte, no su capacidad “deductiva”, como le gustaba decir a su jefe. Su viejo Ford se desplazaba por el empedrado de Montes de Oca, temblando, con la sensación de que se rompería en pedazos en la próxima frenada. de golpe una imagen se atravesó en frente a él, tirada en la calle. Como en un flash. La desechó rápidamente. Estaba cansado. Eran casi las 2 de la mañana, y no sabía siquiera el nombre del cadáver.




Una sorpresa lo aguardaba, pacientemente, casi 6 horas después.

martes, 6 de julio de 2010

Capitulo 1




Caminaba por la calle, vacía de clientes y de policías. Ya era tarde y no había hecho siquiera ni $100. El frío se le metía por las bragas y convertía sus siliconas en dos pedazos de piedra fría que le pesaban sobre el pecho. Dolía. Sintió que se ahogaba e inspiró fuerte; el oxígeno entró de golpe en su cabeza y se sintió mareada.



Dobló por Brandsen, caminando distraída. Esa calle también estaba oscura pero no le importó. Conocía cada baldosa, cada tapa de luz. No era un buen día y su “chulo”, como le llamaba casi cariñosamente, la iba a sacudir si no hacía al menos $250. Pensó otra vez en su hijo, como cada noche, y siguió caminando, resignada.



Hasta que de golpe tropezó con algo, o alguien.

Parecía que iba a dar de cara contra el piso, pero en el último instante su brazo amortiguó la caída. Se levantó enseguida, puteando. La sombra de la cancha se erguía amenazante sobre el farol. Notó que sus manos estaban pegajosas de un líquido oscuro y tibio. “Me corté”, pensó. “Boluda…”, murmuró, palpándose los brazos. Buscó sin éxito la herida y entonces agachó la vista para contemplar el bulto con el que se había tropezado.

Y entonces empezó a gritar.




El cuerpo estaba hinchado, tendido sobre el piso en una posición absolutamente antinatural. Ramírez se agachó para observarla mejor. Era una mujer rubia, pero su cabello estaba teñido por la sangre que había emanado del la herida sobre el parietal derecho, o mejor dicho lo que quedaba de él. Apartó un mechón de pelo del rostro y el agujero de la bala apareció nítido, a su alrededor se había formado una aureola oscura que contrastaba con la palidez de su rostro. Dedujo que habían pasado más de 24 hs de la muerte. Raro, pensó. Quizás la mataron en otro lugar y la trajeron acá…¿porqué?, pensó. Le revisó los brazos, las manos. Las uñas estaban intactas, no había signos de lucha a primera vista. ¿Alguien conocido? ¿La habrían drogado antes de matarla? ¿Estaría demasiado borracha para defenderse? Toxicología no tendría novedades hasta el mediodía, seguro. Tal vez más tarde.



Ramírez sintió náuseas y se alejó un poco del cuerpo. Tomó una bocanada de aire y se inclinó nuevamente. El vestido era claro, de diseño. Con la punta de la birome con que anotaba separó un poco la tela de la nuca y leyó al etiqueta de Dior. Que desperdicio de dinero, pensó. Un vestido y un cuerpo que no encajaban para nada en ese lugar. Mientras tanto La Científica seguían tomando huellas, al menos lo intentaban. Se reía cada vez que los veía, policías fuera de estado que trataban de imitar con su supuesta seriedad a los actores de CSI Miami o de alguno de los policiales de televisión.



Notó una marca morada que circundaba el cuello. También la ahorcaron, pensó. Tal vez esa haya sido la causa de la muerte; asfixia. De golpe una mano se posó sobre su hombro. Sintió el olor a colonia barata, inconfundible e identificó al hombre antes de que lo saludara.



-Buenas…augh…buen d…buen dí...! - llegó a decir su jefe antes de ahogarse en una tos seca que lastimaba de sólo escucharlo.



- Tenés que dejar el cigarrillo, te lo vengo diciendo desde hace…



- No le echés la culpa al faso, boludo… - le espetó. – Es este olor a podrido que me quema la garganta. – se aclaró, tocándose el cuello y aflojándose un poco el nudo de la corbata. - ¿Qué tenés?



- Nada todavía. Fijate… - le señaló el cordón de la vereda y las baldosas. Algunas tenían marcas de sangre, aunque ya se habían secado. – Se la cargaron en otro lugar y la tiraron acá. – Volvió a señalar las baldosas. – La arrastaron por la vereda y la apoyaron contra la pared. Fijate. Además…lo del vestido de marca, descalza…Y las manos tienen un detalle.



- ¿Cuál?



- El hijo de puta le arrancó la yema de los dedos para que tardemos más en identificarla, o para que directamente no podamos saber quién mierda es. Pero no te preocupés, porque una mina así no pasa desapercibida en ningún lado. Alguien va a denunciar que su hija no vino a dormir, que su mujer salió con unas amigas y que no sabe nada de ella desde anoche…de alguna forma nos vamos a enterar. Ya vas a ver. Es raro, todo esto es raro…No me cierra semejante mina, acá, con este vestido…



Ramírez se sacudió un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Su jefe lo miró, imperturbable, y sonrió con esa sonrisa torcida. Sabía que sería un buen policía desde el primer momento que entró la primera vez (de muchas) a quejarse a su oficina porque no había logrado que el fiscal de turno le había una orden de detención por alguna estupidez que en el reglamento calificaba como “abuso excesivo” o “exceso en el procedimiento de detención de sospechoso”. Para él Ramírez era...temperamental. un buen tipo que él había adoptado como un hijo después de que su mujer lo dejó, después de que…



El vozarrón del Chino, de la Científica, interrumpió su pensamiento.



- ¡Dos horas más, jefe!



-¿¿¿Queeee??? ¡¿Cómo que dos horas más?! Pero apúrense, la puta madre…! “Va a venir el fiscal en cualquier momento”, pensó. “Y no tengo una puta idea que qué carajo pasó acá”.



Se dio vuelta para dirigirse a Ramírez.



No lo encontró.