El Jefe ubicó a Ramírez hablando con un suboficial, a quien le indicaba hasta donde extender la cinta mientras también le daba instrucciones al fotógrafo, que ante cada orden disparaba el flash. De golpe, el fotógrafo apuntó hacia una pared cercana y el flash lo encegueció un instante. Parpadeó mientras la mancha que nublaba la vista desaparecía de su horizonte y le hizo un gesto. Ramírez se acercó.
- No vamos a tener nada hasta el mediodía. – Ramírez asintió. – Vamos a tener que revisar las desaparecidas en las últimas semanas, o directamente de los últimos meses, los archivos… - encendió un cigarrillo. El humo escapó por un costado; tosió y esperó la reprimenda de Ramírez, que no llegó. – El Chino tiene para un rato todavía. No tenemos huellas todavía, pero falta peinar bastante. Le voy a pedir que se apure… ¿Qué querés hacer?
Ramírez examinó las ojeras del rostro curtido que a duras penas se paraba enfrente suyo. La mejilla derecha estaba cruzada por una cicatriz, por aquél navajazo en el “mano a mano” en ese tren a Morón. Ramírez recordaba bien ese día; los hinchas tratando de copar el vagón, su propia e inaudible voz de alto, la rapidez con que se le abalanzó el que parecía el jefe de la hinchada, y su parálisis de miedo hasta el instante en que un brazo lo arrastraba abajo, hacia la capa de suciedad que cubría el piso del coche mientras que donde había estado su cabeza un instante antes un metal brilloso y afilado cortaba el aire enfundado en una mano gorda, enguantada en cuero. Y casi al mismo instante que el metal llegó a su destino estalló el primer disparo, y comenzaron los gritos. El Jefe había matado al de la navaja aún con la vista salpicada de su propia sangre y también al que se acercaba por los asientos laterales, mientras la gente aullaba de miedo enel piso. Con la estampida de hinchas pugnando por escapar del vagón se incorporó justo para ver a Gendarmería repartir palazos a mansalva, sin distinguir entre hinchas y pasajeros. Los titulares de los diarios (“Policía mata a quemarropa a dos hinchas de All Boys”; “Oficial ejecutó a dos barras en tren”) hicieron el resto. Su Jefe jamás sería ascendido a algo más que subcomisario. Ramírez se sentí en deuda con él, por siempre, desde ese día.
- Andá a descansar un rato. Te ves mal. Bueno, nunca te viste muy bien que digamos… - Ramírez rió. – Pero cuidate. Yo reviso un poco más a ver si aparece algo. Te aviso, dale. Andate de una vez.
- Ok. Cualquier cosa que surja avisame enseguida. Tipo 8 podría estar de vuelta…
- ¡Andate de una vez, che! ¡Es una orden!
- Ok…nos vemos.
- Nos vemos.
Después de asegurarse que Ramírez se había ido, enfiló hacia el patrullero con pasos rápidos. Hizo un par de averiguaciones de rutina, revisó la declaración de la prostituta y se dio cuenta de que, definitivamente, necesitaría los análisis de Criminalística. Se rindió; pidió a uno de los patrulleros que lo alcance a su casa en Belgrano. Se recostó en el asiento trasero y se durmió enseguida. La sirena aulló, rompiendo la tranquilidad de la noche, aunque durante el viaje él no se dio cuenta. Recién se despertó, somnoliento, cuando el oficial le sacudió el brazo para avisarle que ya habían llegado.
Ramírez se fue pensando en el caso. Como siempre, sus pensamientos se limitaban a su trabajo. En realidad trataba de no pensar, pero si lo hacía trataba que sea específicamente sobre su trabajo. Sentía que no tenía vida, pero no le importaba; para él, desde aquel día, todo se había resumido a una serie de tareas para pasar la vida hasta que llegara el día en que todo terminase. Trataba de disimular frente a su jefe, frente a sus (dos únicos, creía) amigos, frente a sus vecinos, frente al chino al que le compraba a veces cuando venía de trabajar. Había adquirido un gesto mecanizado. Como en todos los casos anteriores, se limitaría a descansar un poco (lo mínimo, apenas lo suficiente) para recobrar fuerzas y ocuparse del caso hasta resolverlo. Era tenaz, pero sobre todo era testarudo. Ese era su fuerte, no su capacidad “deductiva”, como le gustaba decir a su jefe. Su viejo Ford se desplazaba por el empedrado de Montes de Oca, temblando, con la sensación de que se rompería en pedazos en la próxima frenada. de golpe una imagen se atravesó en frente a él, tirada en la calle. Como en un flash. La desechó rápidamente. Estaba cansado. Eran casi las 2 de la mañana, y no sabía siquiera el nombre del cadáver.
Una sorpresa lo aguardaba, pacientemente, casi 6 horas después.
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