No tenía cartera ni pertenencias personales. No había huellas que pudieran sacar, porque el asesino (¿o los asesinos? Es probable que hayan sido más de uno) se había cuidado lo suficiente de dejar al menos una. Si bien se investigaría, no guardaba demasiadas esperanzas. Ramírez pensó que ya era hora de volver a casa y tratar de descansar un poco.
Micaela maulló al verlo entrar. Estaba hambrienta; se arremolinó junto a sus patas y casi lo hace tropezar. Ramírez puteó al animal, que pareció mirarlo desafiante. En ese momento recordó que había salido tan a las apuradas que no le había dejado la comida; se apresuró a sacar una lata de la heladera, la abrió y sirvió el contenido completo en el plato hondo de color rojo. Era una ironía que la gata tuviera el nombre de su ex mujer; al menos el animal mostraba algo de interés en él. Aulló una vez más y luego se sumergió en el plato de comida. Ramírez fue al dormitorio y buscó en el primer cajón de la cómoda un calzoncillo y medias. No iba a cambiarse ni la camisa blanca ni la corbata amarilla; se las había puesto recién hoy, antes de salir a las apuradas. Le pareció que pasadas algunas horas todavía estaban “presentables”, ya que no tenía aún manchas de sangre (al menos la mitad de sus camisas aún conservaba la aureola de alguna mancha anterior). Y para él eso era suficiente. Se desvistió y se metió en la ducha. El calefón estaba alto, así que bajó la temperatura del agua abriendo un poco la fría. El golpe del agua contra su rostro terminó por despertarlo. Estuvo unos minutos inmóvil en la ducha. La cervical le lanzó una patada irritante a través de la espalda y se tomó la cintura con expresión molesta. Se estaba acostumbrando al dolor. Se inclinó como pudo fuera de la bañera para recoger el comprimido que había dejado sobre la ropa; lo tragó con un poco de agua de la lluvia, terminó de enjabonarse enseguida y pocos minutos después ya estaba fuera del baño. Descubrió que la camisa no estaba tan limpia como creía, pero la mancha se ocultaría bajo el pantalón. Se visitó. Al salir cerró de un golpe. El cuerpo ya le estaba pasando factura por el cansancio acumulado de las últimas semanas.
El auto arrancó sorprendentemente bien pese al frío del garage y avanzó por Pasteur. El bache que se tragaba todos los santos días terminó de despertarlo. Prendió la radio. Magdalena hablaba una vez más de la inseguridad con Aníbal Fernández, que le retrucaba como siempre el número “estadísticamente real” de hechos delictivos y cómo había bajado el índice de criminalidad desde 2009. Después hizo un chiste sobre la incidencia de las tapas de Clarín en el imaginario colectivo que al parecer no le hizo mucha gracia a la señora. Ramírez decidió que era suficiente y apretó el botón Play para que se empezara a reproducir el CD que estaba inserto en la lectora. Luca comenzó a atronar el aire con aquello de “veo a vos, veo a vos…Malvinas argentinas, argentinas, argentinas…”. Manejó automáticamente, apenas prestando atención a los semáforos y a los pocos coches que circulaban en la mañana helada. Recordó que en la guantera del coche tenía una pila de multas por estacionamiento y semáforos que tenía que alcanzar a Gladys, la secretaria del Jefe, para que se encargue de anularlas con los de Tránsito. Se las daría en la tarde.
Se detuvo sobre Montes de Oca y bajó del auto. Sobre el asfalto le parecido ver un cuerpo pequeño, ensangrentado. Sacudió la cabeza y la visión desapareció. Solo estaba el asfalto.
Avanzó con pasos rápidos hacia la cinta policial. Se agachó con esfuerzo; otra vez la cervical, otra vez el puntazo, ahora más cerca de la cintura. “Sí”, pensó, “ya me voy a operar. Cuando me jubile. O cuando…”. Interrumpió su pensamiento un grupo de turistas que, entre curiosos y excitados, con sus cámaras sofisticadas aprovechaban para sacar fotos de la escena. ¿Qué hacían a esa hora de la mañana? La que parecía ser la guía turística trataba de contenerlos, explicándoles en todos los idiomas que debían alejarse de allí, sin mayor éxito. Se plantó entonces frente a un gordo que llevaba una camisa hawaiana y bermudas. La cámara era una Nikkon con lente digital. Ramírez calculó rápidamente que valdría cerca de dos mil dólares. Mientras el yanqui le sonreía como un estúpido, lo miró fijamente. De un tirón le arrancó la cámara, sacó el rollo y la estrelló contra el piso. El hombre retrocedió asustado y chocó a una pareja de japoneses, que también retrocedieron espantados. Se dio vuelta mientras la guía se acercaba a increparlo, pero la detuvo con un solo gesto mientras le hacía señas a un oficial que se acercó presuroso a sacar a esa gente de allí. Pasó bajo la cinta mientras sonreía, pensando que el día no sería tan malo después de todo. Todavía estaba a tiempo de divertirse.