domingo, 22 de agosto de 2010

Capitulo 6




El chico entró cuando Ramírez y su estómago estaban comenzando a impacientarse. Dejó el café en el centro de la mesa y las medialunas en el borde, con cuidad para no mancharle al detective sus papeles. Le echó una hojeada a la foto que emergía a un costado de la taza y dijo:

--La de la tele…

Ramírez lo miró con curiosidad.

-- ¿Perdón?

--Que es la mujer del noticiero, la que salió en la tele… -- el chico buscó las monedas del vuelto y se lo extendió a Ramírez, que lo rechazó con un gesto como todos los días. – La mujer que apareció en La Boca. Es la mina de…no, espere, no sé si era la de…--dudó – No importa, ya me acordaré.

Ramírez lo vio alejarse. Tuvo el impulso de tomarlo del brazo para detenerlo y preguntarle, pedirle que recuerde, pero no lo hizo. Mucha gente cree reconocer a alguien en una foto, pero no era algo seguro. La gente nunca estaba segura de nada. Cerró la puerta y trató de reflexionar sobre el caso, pensando cualquier idea, por muy disparatada que fuera. Buscaba algo “tangible”, como diría su Jefe, al que tendría que ir a ver en cuanto llegara.

Repasó lo que sabía del caso: nada respecto a la víctima, en primer lugar. No había revisado aún el historial de desapariciones o fugas de domicilio de los últimos días; pero un padre, una madre, alguien se derrumbaría en cuanto él pudiera averiguar la identidad del cuerpo que guardaba Jorge en la morgue. Siempre era igual, nunca cambiaba. Veía repetidamente la imagen, él golpeando la puerta de una casa, una mujer, un hombre abriendo, la frase que comenzaba a salir mecánicamente de su boca: “Sr., Sra., soy el detective Ramírez de la Policía Federal, vengo a decirle que…” y la mujer (casi siempre era una mujer) cayendo al piso de rodillas, el marido trataría de sostenerla tanto a ella como a su propia mirada quebrada…siempre era igual. Sintió un dolor en el estómago y se revolvió inquieto en la silla.

Cerró los ojos y cabeceó por el sueño. Justo cuando ya rendido dejaba caer el mentón sobre su pecho se despertó, en el instante en que volvía a su mente esa imagen, la imagen de esa calle, el cuerpo en el asfalto. Eran las 8.22. Se restregó los ojos.

Hizo un pequeño diagrama en su cuaderno, revisando la declaración de la prostituta, su recorrido paso por paso. Hasta donde recordaba, Brandsen no era una calle de trabajo para las chicas, ni siquiera para los chicos que deseaban ser chicas. Revisó los papeles. No había nada raro. No daba siquiera el perfil. Leyó una vez más el informe que el Chino había redactado; era un preliminar de la autopsia, sobre el balazo, con detalles muy técnicos. Todavía faltaba lo de Toxicología, que (casi) siempre terminaba de ser lo más importante. En esta época todos tomaban alguna droga, los asesinados y los asesinos. Pero también la gente común y corriente las tomaba, sea para el corazón, la cabeza o lo que sea. El Chino le comentó una vez que el 95% de los análisis que se hacían en el país mostraban rastro de algún medicamento. Ramírez pensaba que el Chino sabía mucho de su trabajo, y lo respetaba por eso. Respeto que, por supuesto, no profesaba por ningún tipo de extranjeros o hijo de extranjeros, sin respetar su color de piel, religión, o que sea. En su vocabulario neofascista, el Chino era “la excepción que justifica la regla”. Odiaba los casos donde aparecía mezclado el tema de los inmigrantes; le hacían perder objetividad. Sencillamente no los soportaba; a los peruanos, sobre todo, les tenía un asco que más de una vez le costó un reto del Jefe e incluso la amenaza de una sanción de Asuntos Internos por “exceso de violencia”. Ramírez no recordaba bien el tema, pero sus compañeros lo recordaban bien, totalmente sacado, pegándole al descendiente de Atahualpa esposado en el piso, arrestado simplemente por vagancia y merodeo en la época de los edictos. Sus compañeros juran que cuando le pegaba repetía frases como “peruano de mierda, te vas a volver a tu país en una bolsa de plástico”, o “uds. son todos iguales, hay que matarles a los hijos para que no se sigan reproduciendo”, pero él (convenientemente) no las recordaba.

Sí recordaba con placer la época de los edictos, cuando se podía detener a cualquier merodeador de bancos de la city que esperaban atentos a “marcar” una víctima o para realizar una salidera. Ahora ya no, ya no era posible, sólo podían intervenir después que un hijo de puta baleara a una embarazada, como en el caso de esa pobre chica. ¿Cuál era el apellido…? Píparo, recordó. Pobre chica, pensaba, quién mierda le va a devolver la vida de su hijo. Puteó por un pasado que se escurría irremediablemente en su memoria y por un presente que lo sofocaba, lo aturdía, y lo envolvía en la locura de una sociedad enferma que creaba nuevos criminales, cada vez más salvajes, cada vez más sangrientos, cada vez más contaminados por esa mierda del paco, la cocaína, y tanta mierda suelta. Puteó, porque muchos compañeros suyos pensaban como él, pero tenían las manos atadas. “Ya nadie nos pregunta nada”, pensó. “Todo lo deciden los políticos, los mismos hijos de puta que convirtieron a este país en….¿en qué?”. Trató de calmarse. Respiró hondo y se acomodó en la silla y miró el reloj.



El Jefe ya debería de estar por venir.

martes, 17 de agosto de 2010

Capitulo 5




El Departamento de Policía se erguía imponente sobre la avenida Belgrano. Ramírez nunca utilizaba la puerta principal, sino que se le antojaba entrar por la lateral de Sáenz Peña. Puso la tarjeta en el marcador y saludó a los policías que estaban esperando que alguien de Administración se dignara a llegar. Era temprano y sabía que nadie llegaría antes de las 9.30 o 10, como mucho. Se frotó los ojos para despertarse. Como no lo logró fue directo al baño de planta baja, sin subir todavía al ascensor. Saludó a los dos policías de la guardia de la noche que se estaban yendo con una inclinación de cabeza. Los escuchó irse. Uno le enrostraba al otro una supuesta incapacidad de Luchetti para defender el arco de Boca.
Abrió la canilla de agua caliente, que salió como siempre, fría. Puteó en silencio cuando sintió el impacto al poner las manos bajo el chorro. Las sacó enseguida y se mojó rápidamente la cara con una talla de papel. Estaba saliendo y escuchó el “chist” detrás
suyo.

--- Buen día, Ramírez…!

Se dio vuelta. El gordo Mourinho de Contabilidad lucía sus 32 dientes en una sonrisa tan ancha como su cintura.

-- Cómo andás, Gordo… -- bostezó sin llevarse la mano a la boca.
-- Que cara, viejo… ¿En qué andás? ¿Te atropelló un trolebús y viniste para no perder el presentismo…? ¡¡Ja, ja, ja!! – se rió con ganas. Ramírez lo imitó. El Gordo sabía como alegrarle un día de mierda como éste en general, todos sus días y sus noches eran una mierda. Pero era su propia mierda.
-- Che, Gordo, decime…--paró de reírse mientras el Gordo se secaba la cara y recuperaba el aliento apoyado sobre el lavamanos. – Desde ayer estoy con el tema de una NN que apareció en La Boca. Bien vestida, arreglada… no parece de la calle. ¿Lo viste hoy a Medina?
-- No, no lo vi… Pero es temprano, no va a caer antes de las 10. – El Gordo comenzó a caminar con él hacia el ascensor. Llevaba una carpeta de tres solapas a la que le habían caído unas gotas de agua. --¿Qué le digo si lo veo…?

-- Decile que – caviló --…decile que voy a estar con el Jefe. Tenemos que sacar sí o sí este tema.
-- Pero los de Huellas no vinieron, estoy seguro…Recién pasé y estaba todo apagado…

Ramírez puteó para sus adentros.

-- Ok… pero avisale si lo ves que es urgente.

-- Ok, dale. “Afirmativo, oficial!”

-- “Cambio y fuera…” – Ramírez le dio un beso en la mejilla al Gordo y salió del ascensor. Caminó rápido hacia la oficina. El estómago le hizo un ruido familiar y recordó que no había desayunado antes de salir, así que apenas se sentó llamó a La Reggiana para que le traigan un café con leche doble con unas medialunas.

lunes, 2 de agosto de 2010

Capitulo 4


















Ramírez hizo un par de averiguaciones de rutina antes de rendirse a la verdad: necesitaba que la gente de Criminalística identifique el cadáver. No tenía pertenencias personales; no había una cartera, una cédula, una huella. Nada por donde empezar. Sólo un vestido de marca que parecía fuera de lugar, igual que el cuerpo de la chica. Tampoco había marcas de neumáticos sobre el asfalto; la vereda mostraba el paso de docenas de zapatos y zapatillas a lo largo del dia, así que tampoco se podría sacar nada que sirviera a la investigación. Y lo mas extraño era que no había rasgos de resistencia por parte de la victima; ni en las uñas, ni en los brazos, ni… “La drogaron, nadie resistiría semejante golpiza sin reaccionar…”, pensó. Recorrió la escena nuevamente, tratando de imaginar los pasos de la mujer. Escuchó el ruido de la ambulancia estacionando y cuando los camilleros bajaron les hizo un gesto para que se detuvieran.

Se puso un nuevo par de guantes y se agachó sobre el cuerpo. Movió la cabeza de la mujer hacia la derecha; sobre el parietal derecho quedó al descubierto un agujero de unos dos centímetros de diámetro, de donde surgía un pequeño hilo de sangre coagulada.

Un balazo le había destrozado limpiamente el cerebro.

Algo andaba mal. Pero no sabía qué. Calculó las horas que habían pasado entre su muerte y el momento en que la prostituta la había encontrado. Algo no le cerraba. Se levantó, no sin antes volver a dejarla en la posición que estaba. Se dio vuelta para hacerle el gesto a los camilleros. O había terminado de alzar su brazo cuando se dio cuenta. Se detuvo.

Los camilleros lo miraron con expresión extraña e indecisa.

La hinchazón. Claro, era mayor del lado derecho de la cara que del lado izquierdo. “Acumulación de líquido, o el bombeo de la sangre por la posición en que la dejaron”, pensó. “Seguramente le pegaron más de este lado…”. Los camilleros ya estaban al lado suyo, esperando impacientes.

Separó con cuidado la mandíbula, lo cual fue muy fácil ya que estaba fracturada. La luz no era muy buena pero Ramirez se dio cuenta de que había un objeto en su boca. Con cuidado, utilizó sus dedos pulgar e índice como si fueran una pinza y extrajo una masa sanguiolenta. Un hilo de sangre escapó de la comisura de los labios. Ramírez se levantó y dio un paso atrás, instintivamente, igual que los camilleros. El objeto cayó al piso con un ruido seco.

Era su lengua, o al menos la mayor parte de ella.

“—Qué asco… --dijo entre dientes. Un oficial se acercó rápidamente e introdujo el órgano dentro de una bolsa sellada. Ramírez lo vio etiquetarla con letra nerviosa y cuando su mirada se cruzó con la de él vio una mezcla de repugnancia y miedo.

Los camilleros comenzaron a cargar a la mujer en la camilla a pesar e sus protestas; que “tenemos que llevarla ahora”, que “tiene que hablar con el forense”, que… La misma mierda de siempre: tendría que esperar el resultado de la autopsia. Creyó ver que la ropa estaba intacta, por lo que tal vez no había sido violada. Pero de todas formas el sello era innegable; la golpiza, el tiro en la cabeza, la lengua. Todo encajaba, pero, ¿en qué? ¿Quién era? ¿Cómo había terminado así?

Sintió el repentino impulso de llamar a su jefe, pero se contuvo. Lo dejaría dormir un poco más, por lo menos hasta las diez, cuando tuviera algo concreto de Laboratorio. Escuchó la sirena de la ambulancia que avanzaba despacio ente los patrulleros y al doblar en Brandsen aceleró, dirigiéndose a la autopista. Ramírez encendió el primer cigarrillo del día. Sintió que iba a ser el primero de muchos.

No se equivocaba.

Era mejor ir al Departamento a despejarse y tratar de razonar todo lo que había visto. Su jefe le pediría un informe cuando llegue, seguramente.

Ya habría tiempo de dormir.