El chico entró cuando Ramírez y su estómago estaban comenzando a impacientarse. Dejó el café en el centro de la mesa y las medialunas en el borde, con cuidad para no mancharle al detective sus papeles. Le echó una hojeada a la foto que emergía a un costado de la taza y dijo:
--La de la tele…
Ramírez lo miró con curiosidad.
-- ¿Perdón?
--Que es la mujer del noticiero, la que salió en la tele… -- el chico buscó las monedas del vuelto y se lo extendió a Ramírez, que lo rechazó con un gesto como todos los días. – La mujer que apareció en La Boca. Es la mina de…no, espere, no sé si era la de…--dudó – No importa, ya me acordaré.
Ramírez lo vio alejarse. Tuvo el impulso de tomarlo del brazo para detenerlo y preguntarle, pedirle que recuerde, pero no lo hizo. Mucha gente cree reconocer a alguien en una foto, pero no era algo seguro. La gente nunca estaba segura de nada. Cerró la puerta y trató de reflexionar sobre el caso, pensando cualquier idea, por muy disparatada que fuera. Buscaba algo “tangible”, como diría su Jefe, al que tendría que ir a ver en cuanto llegara.
Repasó lo que sabía del caso: nada respecto a la víctima, en primer lugar. No había revisado aún el historial de desapariciones o fugas de domicilio de los últimos días; pero un padre, una madre, alguien se derrumbaría en cuanto él pudiera averiguar la identidad del cuerpo que guardaba Jorge en la morgue. Siempre era igual, nunca cambiaba. Veía repetidamente la imagen, él golpeando la puerta de una casa, una mujer, un hombre abriendo, la frase que comenzaba a salir mecánicamente de su boca: “Sr., Sra., soy el detective Ramírez de la Policía Federal, vengo a decirle que…” y la mujer (casi siempre era una mujer) cayendo al piso de rodillas, el marido trataría de sostenerla tanto a ella como a su propia mirada quebrada…siempre era igual. Sintió un dolor en el estómago y se revolvió inquieto en la silla.
Cerró los ojos y cabeceó por el sueño. Justo cuando ya rendido dejaba caer el mentón sobre su pecho se despertó, en el instante en que volvía a su mente esa imagen, la imagen de esa calle, el cuerpo en el asfalto. Eran las 8.22. Se restregó los ojos.
Hizo un pequeño diagrama en su cuaderno, revisando la declaración de la prostituta, su recorrido paso por paso. Hasta donde recordaba, Brandsen no era una calle de trabajo para las chicas, ni siquiera para los chicos que deseaban ser chicas. Revisó los papeles. No había nada raro. No daba siquiera el perfil. Leyó una vez más el informe que el Chino había redactado; era un preliminar de la autopsia, sobre el balazo, con detalles muy técnicos. Todavía faltaba lo de Toxicología, que (casi) siempre terminaba de ser lo más importante. En esta época todos tomaban alguna droga, los asesinados y los asesinos. Pero también la gente común y corriente las tomaba, sea para el corazón, la cabeza o lo que sea. El Chino le comentó una vez que el 95% de los análisis que se hacían en el país mostraban rastro de algún medicamento. Ramírez pensaba que el Chino sabía mucho de su trabajo, y lo respetaba por eso. Respeto que, por supuesto, no profesaba por ningún tipo de extranjeros o hijo de extranjeros, sin respetar su color de piel, religión, o que sea. En su vocabulario neofascista, el Chino era “la excepción que justifica la regla”. Odiaba los casos donde aparecía mezclado el tema de los inmigrantes; le hacían perder objetividad. Sencillamente no los soportaba; a los peruanos, sobre todo, les tenía un asco que más de una vez le costó un reto del Jefe e incluso la amenaza de una sanción de Asuntos Internos por “exceso de violencia”. Ramírez no recordaba bien el tema, pero sus compañeros lo recordaban bien, totalmente sacado, pegándole al descendiente de Atahualpa esposado en el piso, arrestado simplemente por vagancia y merodeo en la época de los edictos. Sus compañeros juran que cuando le pegaba repetía frases como “peruano de mierda, te vas a volver a tu país en una bolsa de plástico”, o “uds. son todos iguales, hay que matarles a los hijos para que no se sigan reproduciendo”, pero él (convenientemente) no las recordaba.
Sí recordaba con placer la época de los edictos, cuando se podía detener a cualquier merodeador de bancos de la city que esperaban atentos a “marcar” una víctima o para realizar una salidera. Ahora ya no, ya no era posible, sólo podían intervenir después que un hijo de puta baleara a una embarazada, como en el caso de esa pobre chica. ¿Cuál era el apellido…? Píparo, recordó. Pobre chica, pensaba, quién mierda le va a devolver la vida de su hijo. Puteó por un pasado que se escurría irremediablemente en su memoria y por un presente que lo sofocaba, lo aturdía, y lo envolvía en la locura de una sociedad enferma que creaba nuevos criminales, cada vez más salvajes, cada vez más sangrientos, cada vez más contaminados por esa mierda del paco, la cocaína, y tanta mierda suelta. Puteó, porque muchos compañeros suyos pensaban como él, pero tenían las manos atadas. “Ya nadie nos pregunta nada”, pensó. “Todo lo deciden los políticos, los mismos hijos de puta que convirtieron a este país en….¿en qué?”. Trató de calmarse. Respiró hondo y se acomodó en la silla y miró el reloj.
--La de la tele…
Ramírez lo miró con curiosidad.
-- ¿Perdón?
--Que es la mujer del noticiero, la que salió en la tele… -- el chico buscó las monedas del vuelto y se lo extendió a Ramírez, que lo rechazó con un gesto como todos los días. – La mujer que apareció en La Boca. Es la mina de…no, espere, no sé si era la de…--dudó – No importa, ya me acordaré.
Ramírez lo vio alejarse. Tuvo el impulso de tomarlo del brazo para detenerlo y preguntarle, pedirle que recuerde, pero no lo hizo. Mucha gente cree reconocer a alguien en una foto, pero no era algo seguro. La gente nunca estaba segura de nada. Cerró la puerta y trató de reflexionar sobre el caso, pensando cualquier idea, por muy disparatada que fuera. Buscaba algo “tangible”, como diría su Jefe, al que tendría que ir a ver en cuanto llegara.
Repasó lo que sabía del caso: nada respecto a la víctima, en primer lugar. No había revisado aún el historial de desapariciones o fugas de domicilio de los últimos días; pero un padre, una madre, alguien se derrumbaría en cuanto él pudiera averiguar la identidad del cuerpo que guardaba Jorge en la morgue. Siempre era igual, nunca cambiaba. Veía repetidamente la imagen, él golpeando la puerta de una casa, una mujer, un hombre abriendo, la frase que comenzaba a salir mecánicamente de su boca: “Sr., Sra., soy el detective Ramírez de la Policía Federal, vengo a decirle que…” y la mujer (casi siempre era una mujer) cayendo al piso de rodillas, el marido trataría de sostenerla tanto a ella como a su propia mirada quebrada…siempre era igual. Sintió un dolor en el estómago y se revolvió inquieto en la silla.
Cerró los ojos y cabeceó por el sueño. Justo cuando ya rendido dejaba caer el mentón sobre su pecho se despertó, en el instante en que volvía a su mente esa imagen, la imagen de esa calle, el cuerpo en el asfalto. Eran las 8.22. Se restregó los ojos.
Hizo un pequeño diagrama en su cuaderno, revisando la declaración de la prostituta, su recorrido paso por paso. Hasta donde recordaba, Brandsen no era una calle de trabajo para las chicas, ni siquiera para los chicos que deseaban ser chicas. Revisó los papeles. No había nada raro. No daba siquiera el perfil. Leyó una vez más el informe que el Chino había redactado; era un preliminar de la autopsia, sobre el balazo, con detalles muy técnicos. Todavía faltaba lo de Toxicología, que (casi) siempre terminaba de ser lo más importante. En esta época todos tomaban alguna droga, los asesinados y los asesinos. Pero también la gente común y corriente las tomaba, sea para el corazón, la cabeza o lo que sea. El Chino le comentó una vez que el 95% de los análisis que se hacían en el país mostraban rastro de algún medicamento. Ramírez pensaba que el Chino sabía mucho de su trabajo, y lo respetaba por eso. Respeto que, por supuesto, no profesaba por ningún tipo de extranjeros o hijo de extranjeros, sin respetar su color de piel, religión, o que sea. En su vocabulario neofascista, el Chino era “la excepción que justifica la regla”. Odiaba los casos donde aparecía mezclado el tema de los inmigrantes; le hacían perder objetividad. Sencillamente no los soportaba; a los peruanos, sobre todo, les tenía un asco que más de una vez le costó un reto del Jefe e incluso la amenaza de una sanción de Asuntos Internos por “exceso de violencia”. Ramírez no recordaba bien el tema, pero sus compañeros lo recordaban bien, totalmente sacado, pegándole al descendiente de Atahualpa esposado en el piso, arrestado simplemente por vagancia y merodeo en la época de los edictos. Sus compañeros juran que cuando le pegaba repetía frases como “peruano de mierda, te vas a volver a tu país en una bolsa de plástico”, o “uds. son todos iguales, hay que matarles a los hijos para que no se sigan reproduciendo”, pero él (convenientemente) no las recordaba.
Sí recordaba con placer la época de los edictos, cuando se podía detener a cualquier merodeador de bancos de la city que esperaban atentos a “marcar” una víctima o para realizar una salidera. Ahora ya no, ya no era posible, sólo podían intervenir después que un hijo de puta baleara a una embarazada, como en el caso de esa pobre chica. ¿Cuál era el apellido…? Píparo, recordó. Pobre chica, pensaba, quién mierda le va a devolver la vida de su hijo. Puteó por un pasado que se escurría irremediablemente en su memoria y por un presente que lo sofocaba, lo aturdía, y lo envolvía en la locura de una sociedad enferma que creaba nuevos criminales, cada vez más salvajes, cada vez más sangrientos, cada vez más contaminados por esa mierda del paco, la cocaína, y tanta mierda suelta. Puteó, porque muchos compañeros suyos pensaban como él, pero tenían las manos atadas. “Ya nadie nos pregunta nada”, pensó. “Todo lo deciden los políticos, los mismos hijos de puta que convirtieron a este país en….¿en qué?”. Trató de calmarse. Respiró hondo y se acomodó en la silla y miró el reloj.
El Jefe ya debería de estar por venir.