lunes, 2 de agosto de 2010

Capitulo 4


















Ramírez hizo un par de averiguaciones de rutina antes de rendirse a la verdad: necesitaba que la gente de Criminalística identifique el cadáver. No tenía pertenencias personales; no había una cartera, una cédula, una huella. Nada por donde empezar. Sólo un vestido de marca que parecía fuera de lugar, igual que el cuerpo de la chica. Tampoco había marcas de neumáticos sobre el asfalto; la vereda mostraba el paso de docenas de zapatos y zapatillas a lo largo del dia, así que tampoco se podría sacar nada que sirviera a la investigación. Y lo mas extraño era que no había rasgos de resistencia por parte de la victima; ni en las uñas, ni en los brazos, ni… “La drogaron, nadie resistiría semejante golpiza sin reaccionar…”, pensó. Recorrió la escena nuevamente, tratando de imaginar los pasos de la mujer. Escuchó el ruido de la ambulancia estacionando y cuando los camilleros bajaron les hizo un gesto para que se detuvieran.

Se puso un nuevo par de guantes y se agachó sobre el cuerpo. Movió la cabeza de la mujer hacia la derecha; sobre el parietal derecho quedó al descubierto un agujero de unos dos centímetros de diámetro, de donde surgía un pequeño hilo de sangre coagulada.

Un balazo le había destrozado limpiamente el cerebro.

Algo andaba mal. Pero no sabía qué. Calculó las horas que habían pasado entre su muerte y el momento en que la prostituta la había encontrado. Algo no le cerraba. Se levantó, no sin antes volver a dejarla en la posición que estaba. Se dio vuelta para hacerle el gesto a los camilleros. O había terminado de alzar su brazo cuando se dio cuenta. Se detuvo.

Los camilleros lo miraron con expresión extraña e indecisa.

La hinchazón. Claro, era mayor del lado derecho de la cara que del lado izquierdo. “Acumulación de líquido, o el bombeo de la sangre por la posición en que la dejaron”, pensó. “Seguramente le pegaron más de este lado…”. Los camilleros ya estaban al lado suyo, esperando impacientes.

Separó con cuidado la mandíbula, lo cual fue muy fácil ya que estaba fracturada. La luz no era muy buena pero Ramirez se dio cuenta de que había un objeto en su boca. Con cuidado, utilizó sus dedos pulgar e índice como si fueran una pinza y extrajo una masa sanguiolenta. Un hilo de sangre escapó de la comisura de los labios. Ramírez se levantó y dio un paso atrás, instintivamente, igual que los camilleros. El objeto cayó al piso con un ruido seco.

Era su lengua, o al menos la mayor parte de ella.

“—Qué asco… --dijo entre dientes. Un oficial se acercó rápidamente e introdujo el órgano dentro de una bolsa sellada. Ramírez lo vio etiquetarla con letra nerviosa y cuando su mirada se cruzó con la de él vio una mezcla de repugnancia y miedo.

Los camilleros comenzaron a cargar a la mujer en la camilla a pesar e sus protestas; que “tenemos que llevarla ahora”, que “tiene que hablar con el forense”, que… La misma mierda de siempre: tendría que esperar el resultado de la autopsia. Creyó ver que la ropa estaba intacta, por lo que tal vez no había sido violada. Pero de todas formas el sello era innegable; la golpiza, el tiro en la cabeza, la lengua. Todo encajaba, pero, ¿en qué? ¿Quién era? ¿Cómo había terminado así?

Sintió el repentino impulso de llamar a su jefe, pero se contuvo. Lo dejaría dormir un poco más, por lo menos hasta las diez, cuando tuviera algo concreto de Laboratorio. Escuchó la sirena de la ambulancia que avanzaba despacio ente los patrulleros y al doblar en Brandsen aceleró, dirigiéndose a la autopista. Ramírez encendió el primer cigarrillo del día. Sintió que iba a ser el primero de muchos.

No se equivocaba.

Era mejor ir al Departamento a despejarse y tratar de razonar todo lo que había visto. Su jefe le pediría un informe cuando llegue, seguramente.

Ya habría tiempo de dormir.

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