Caminaba por la calle, vacía de clientes y de policías. Ya era tarde y no había hecho siquiera ni $100. El frío se le metía por las bragas y convertía sus siliconas en dos pedazos de piedra fría que le pesaban sobre el pecho. Dolía. Sintió que se ahogaba e inspiró fuerte; el oxígeno entró de golpe en su cabeza y se sintió mareada.
Hasta que de golpe tropezó con algo, o alguien.
Parecía que iba a dar de cara contra el piso, pero en el último instante su brazo amortiguó la caída. Se levantó enseguida, puteando. La sombra de la cancha se erguía amenazante sobre el farol. Notó que sus manos estaban pegajosas de un líquido oscuro y tibio. “Me corté”, pensó. “Boluda…”, murmuró, palpándose los brazos. Buscó sin éxito la herida y entonces agachó la vista para contemplar el bulto con el que se había tropezado.Y entonces empezó a gritar.
El cuerpo estaba hinchado, tendido sobre el piso en una posición absolutamente antinatural. Ramírez se agachó para observarla mejor. Era una mujer rubia, pero su cabello estaba teñido por la sangre que había emanado del la herida sobre el parietal derecho, o mejor dicho lo que quedaba de él. Apartó un mechón de pelo del rostro y el agujero de la bala apareció nítido, a su alrededor se había formado una aureola oscura que contrastaba con la palidez de su rostro. Dedujo que habían pasado más de 24 hs de la muerte. Raro, pensó. Quizás la mataron en otro lugar y la trajeron acá…¿porqué?, pensó. Le revisó los brazos, las manos. Las uñas estaban intactas, no había signos de lucha a primera vista. ¿Alguien conocido? ¿La habrían drogado antes de matarla? ¿Estaría demasiado borracha para defenderse? Toxicología no tendría novedades hasta el mediodía, seguro. Tal vez más tarde.
Ramírez sintió náuseas y se alejó un poco del cuerpo. Tomó una bocanada de aire y se inclinó nuevamente. El vestido era claro, de diseño. Con la punta de la birome con que anotaba separó un poco la tela de la nuca y leyó al etiqueta de Dior. Que desperdicio de dinero, pensó. Un vestido y un cuerpo que no encajaban para nada en ese lugar. Mientras tanto
Notó una marca morada que circundaba el cuello. También la ahorcaron, pensó. Tal vez esa haya sido la causa de la muerte; asfixia. De golpe una mano se posó sobre su hombro. Sintió el olor a colonia barata, inconfundible e identificó al hombre antes de que lo saludara.
-Buenas…augh…buen d…buen dí...! - llegó a decir su jefe antes de ahogarse en una tos seca que lastimaba de sólo escucharlo.
- No le echés la culpa al faso, boludo… - le espetó. – Es este olor a podrido que me quema la garganta. – se aclaró, tocándose el cuello y aflojándose un poco el nudo de la corbata. - ¿Qué tenés?
- Nada todavía. Fijate… - le señaló el cordón de la vereda y las baldosas. Algunas tenían marcas de sangre, aunque ya se habían secado. – Se la cargaron en otro lugar y la tiraron acá. – Volvió a señalar las baldosas. – La arrastaron por la vereda y la apoyaron contra la pared. Fijate. Además…lo del vestido de marca, descalza…Y las manos tienen un detalle.
- ¿Cuál?
- El hijo de puta le arrancó la yema de los dedos para que tardemos más en identificarla, o para que directamente no podamos saber quién mierda es. Pero no te preocupés, porque una mina así no pasa desapercibida en ningún lado. Alguien va a denunciar que su hija no vino a dormir, que su mujer salió con unas amigas y que no sabe nada de ella desde anoche…de alguna forma nos vamos a enterar. Ya vas a ver. Es raro, todo esto es raro…No me cierra semejante mina, acá, con este vestido…
Ramírez se sacudió un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Su jefe lo miró, imperturbable, y sonrió con esa sonrisa torcida. Sabía que sería un buen policía desde el primer momento que entró la primera vez (de muchas) a quejarse a su oficina porque no había logrado que el fiscal de turno le había una orden de detención por alguna estupidez que en el reglamento calificaba como “abuso excesivo” o “exceso en el procedimiento de detención de sospechoso”. Para él Ramírez era...temperamental. un buen tipo que él había adoptado como un hijo después de que su mujer lo dejó, después de que…
El vozarrón del Chino, de
- ¡Dos horas más, jefe!
-¿¿¿Queeee??? ¡¿Cómo que dos horas más?! Pero apúrense, la puta madre…! “Va a venir el fiscal en cualquier momento”, pensó. “Y no tengo una puta idea que qué carajo pasó acá”.
Se dio vuelta para dirigirse a Ramírez.
No lo encontró.
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